Así como los sacerdotes, cuando rezan su oficio divino en las horas señaladas de su breviario; así como los monjes y religiosas en el rezo común del coro, en sus iglesias o monasterios, lo hacen todos en nombre de la Iglesia y por mandato de la Iglesia, como la oración oficial de la Iglesia a la Santísima Trinidad, así también los cristianos cuando rezamos el Rosario, debemos persuadirnos de que lo hacemos en unión de millares de hermanos nuestros que oran con nosotros en las cinco partes del mundo. Y de que ponemos en práctica los deseos de la Virgen María, que nos enseña a rezar el Rosario, y de la Iglesia, que ha llamado al Rosario el resumen de la vida de Cristo y de María.
Para iniciar el rezo debemos hacer una breve preparación, que puede consistir en la señal de la cruz hecha lentamente, mientras pedimos la ayuda del Espíritu Santo. A continuación, actuar las intenciones generales del día. A san Antonio María Claret le dijo la Virgen: "Antonio, en el rezo del Rosario está la salvación de tu patria". Una intención general puede ser la liberación de España de todos los enemigos de la fe católica.
En cada misterio podemos meditar, para nuestro provecho personal, las siguientes consideraciones. Lo cual supone que debemos rezar con sosiego y atendiendo a las palabras que dirigimos al Señor o a la Virgen Santísima.
En los misterios gozosos: 1º. La manera de prepararse bien a la Sagrada Comunión. 2º. La caridad solícita con el prójimo. 3º. Amor a la pobreza. 4º. Espíritu de sacrificio. 5º. Obediencia completa a Dios nuestro Señor.
En los misterios dolorosos: 1º. Oración de recogimiento y abandono en las manos de Dios. 2º. Fuerza para combatir la sensualidad y la molicie. 3º. Gracia para combatir la soberbia intelectual y el orgullo. 4º. Amor a la cruz. 5º. Amar de corazón a Jesús crucificado.
En los misterios de gloria: 1º. Fe en la vida eterna. 2º. Anhelo del cielo. 3º. Amor a la Iglesia. 4º. Una santa muerte. 5º. Amor y confianza filial en María nuestra Madre.
Así en cada misterio se hace la aplicación a la propia vida y se pide a Jesús y a María la gracia correspondiente.
Como ejemplo práctico, en el misterio de la Encarnación, podemos aprender a preparar nuestra alma a la Sagrada Comunión. En la primera Avemaría consideramos cómo se preparó María con pureza, recogimiento y anhelo a la venida de Jesús. Durante las dos o tres avemarías siguientes, considerar que tenemos la dicha de la Virgen cuando comulgamos, y la necesidad de imitar a nuestra Madre. En el resto de las Avemarías, procuremos excitar la alegría y la acción de gracias para comulgar dignamente y, simultáneamente, excitar el deseo de una comunión espiritual.
Todo esto hecho suave y naturalmente, sin esfuerzos de atención y violencia, con la conversación interior y pronunciando las palabras con pausa, hace que el rezo del Rosario, no solamente sea de mucho fruto para nuestra alma, sino que sea devoto y agradable por sentirnos en la celestial compañía de la Santísima Virgen.