Fijaos bien en lo que tienen vuestros sacerdotes en las manos
cuando consagran y en lo que os dan cuando comulgáis y en lo que
guardan vuestros sagrarios.
Si sabéis y creéis firmemente y hasta daríais
vuestra sangre para sellar vuestra fe, que en aquellas manos está
Jesús, Dios y Hombre verdadero, vivo y real, inmolado, ofreciéndose
en sacrificio por vosotros, ¿por qué dejáis tan solas
vuestras Misas?
Si creéis que en la Comunión se os da a Jesucristo
entero para hacernos participantes de sus tesoros y de su vida divina,
¿por qué comulgáis tan poco?
Si creéis que en la pobre o rica casita del Sagrario hay
unos ojos que os buscan y miran, unos oídos dispuestos a escuchar
vuestras lástimas, unas manos rebosantes de bienes, unos brazos
con ganas de abrazaros y un Corazón que conoce y siente vuestras
penas, y pone sus delicias en amaros y en que lo améis, ¿por
qué no lo visitáis nunca?
La lógica se impone. ¡Dios mío! ¿Cuándo
harán buena esa frase los cristianos, en su fe y en su conducta
con respecto a tu Eucaristía?