Agosto-Septiembre de 2000
por el P. Manuel Martínez, MCR
Al concluir la celebración del Jubileo de los artesanos, el pasado 19 de
marzo, y antes de rezar el Ángelus, Su Santidad Juan Pablo II pidió a los
fieles presentes que rezaran por los misioneros que todos los días ponen en
peligro sus vidas por la predicación del Evangelio:
"Ahora quisiera pediros, hermanos y hermanas, que recéis por algunas
intenciones particulares. El año 1999 ha quedado marcado por el sacrificio de
más de treinta hermanos y hermanas: sacerdotes, religiosos, religiosas,
seminaristas y laicos, comprometidos activamente en la evangelización. De su
testimonio se eleva a Dios la invocación del perdón y de la reconciliación;
su ejemplo debe ser para todos estímulo y apoyo en el camino de conversión del
Año Santo. Recordémosles en la oración junto a quienes con valentía
continúan trabajando en primera línea en las fronteras de la
evangelización".
Recemos también nosotros por la vanguardia misionera de la Iglesia en tierras
de misión. Pero no olvidemos que hoy Europa, y España, también es tierra de
misión. Demostremos con el testimonio y el ejemplo de vida cristiana que somos
hijos de Dios y de María Santísima.
Al recibir a ochocientos peregrinos de Bosnia-Hercegovina, que peregrinaron a
Roma para celebrar su Jubileo acompañados del cardenal Vinko Puljec. Su
Santidad Juan Pablo II les dijo: "Ha llegado el tiempo de la
esperanza". El Papa fue realista y mencionó las numerosas dificultades
provocadas por la guerra y la situación política y económica actual:
"A los cristianos corresponde reforzar este proceso positivo con la
contribución del fermento de la nueva vida contenida en el Evangelio. Sed los
primeros en ofrecer y acoger el perdón, liberando la memoria del odio, de los
rencores, de la sed de venganza, y reconociendo como hermano a quien os ha hecho
daño. La Iglesia en vuestra patria seguirá viva si sigue abierta a las
inspiraciones del Espíritu Santo y si se mantiene unida en torno a los obispos,
sucesores de los apóstoles".
El Papa concluyó subrayando que "una democracia auténtica es fruto de la
valoración de las particularidades culturales, sociales y religiosas de quienes
componen el país, en el respeto de la justicia y de la verdad". Una
democracia que "no puede ser importada ni impuesta" y cuyo "buen
funcionamiento" depende en particular del respeto por la "dignidad de
la persona y el carácter sagrado de la vida humana". No puede haber un
sistema político justo y humano que no esté basado en la ley de Dios. Oremos
para que Bosnia-Hercegovina y todos los pueblos de la tierra acepten la ley de
Dios como principio fundamental de la convivencia social y política.
En Belén, en su peregrinación jubilar a Tierra Santa, y en su discurso al
presidente de Palestina, el 22 de marzo, dijo el Papa Juan Pablo II: "Aquí
nació Cristo de la Virgen María: estas palabras, inscritas sobre el lugar
donde según la tradición nació Jesús, son el motivo que justifica el Gran
Jubileo del Año 2000. Son también el motivo de mi venida a Belén. Son la
fuente de gozo, de esperanza, de buena voluntad, que durante dos milenios han
llenado innumerables corazones humanos al escuchar el sonido mismo del nombre de
Belén.
Personas de todo el mundo vuelven su mirada y ven en este lugar, único en la
tierra, la esperanza que trasciende todos los conflictos y dificultades. Belén
-donde el coro de Ángeles cantó: Gloria a Dios en los cielos, y en la tierra
paz a los hombres de buena voluntad (Lc 2:14)- se presenta, en todo tiempo y
lugar, como la promesa del regalo de paz de Dios. El mensaje de Belén es la
Buena Nueva de la reconciliación entre los hombres, de la paz a todos los
niveles en las relaciones entre individuos y naciones. Belén es el cruce de
caminos universal donde todos los pueblos pueden encontrarse y construir unidos
un mundo a la altura de nuestra dignidad y destino humano. El recién inaugurado
Museo de la Natividad muestra cómo la celebración del Nacimiento de Cristo se
ha convertido en parte de la cultura y del arte de las personas en todas las
partes del mundo.".
Volvamos nuestras miradas y nuestros corazones a Belén y pidamos fervorosamente
por la conversión de todos los pueblos, para que todos los hombres reconozcan a
nuestro Señor Jesucristo como único Dios verdadero.