Agosto-Septiembre de 2000

FIGURAS MARIANAS DEL SEGUNDO MILENIO

por Andrés Molina Prieto, pbro.

SIGLO XVII: VENERABLE ÁGREDA

La concepcionista española sor María de Jesús de Ágreda, nacida en 1602 y fallecida en 1665, es universalmente conocida por su obra La mística Ciudad de Dios que vio la luz en Madrid el año 1670, publicada cinco años después de su muerte. Se conservaba su antigua fe original intocada. Esta obra de denso contenido mariano tuvo dos redacciones: la primera, terminada antes de finalizar el año 1643, fue destruida por la Venerable. La segunda se inicio en 1655 y se terminó en 1660. En el arco de tres siglos hay que mencionar por lo menos 92 ediciones completas, y 68 abreviadas. No se trata, como se ha dicho con alguna ligereza, de "una vida novelada de la Virgen", sino de un libro de rasgos singulares en los que hemos de destacar su carácter personal autodidacta, su género literario infrecuente y su carácter de edificación eclesial.

La mística Ciudad es una historia y una vida de la Virgen, pero de ningún modo una exposición teológica. Es una narración edificante, y no un tratado dogmático o espiritual. Se trata de una historia de María a lo divino, en el doble plano de las intervenciones histórico-salvíficas de Dios y de las relaciones íntimas de María con Él. La ejemplar monja soriana, siempre abadesa hasta su muerte, escribe su obra divulgada en toda la cristiandad para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia y confianza de los mortales. La Venerable Ágreda es una mística extraordinaria, y un alma eminentemente mariana que ha influido con su admirable libro en millones de católicos fomentando en ellos la verdadera piedad mariana.

Hay que dejar a un lado lo maravillosista o milagrero para centrar la mirada en los elementos esenciales del culto mariano. Es esto lo que realmente nos interesa. Madre Ágreda sometió humildemente sus escritos al juicio de la Iglesia a quien confía sus propias experiencias por si merecían ser ratificadas. A sor María de Ágreda, que se define a sí misma "mujer simple, por su condición la misma ignorancia y flaqueza, y por sus culpas la más indigna", le importa sobremanera poner en marcha el dinamismo de las virtudes en torno a la Virgen, para lograr su más perfecta imitación.

La obsesiona por encima de otras consideraciones, imitar a Cristo en la Escuela de María, Madre y Maestra. Este propósito exige algunas condiciones vinculantes: esfuerzo continuo para señalarse en su devoción, veneración y amor. Renovación intensa del alma, según las enseñanzas vivificantes de la celestial Señora. Conciencia de la propio condición filial y oír internamente su voz suavísima. Sor María de Jesús ora de este modo: "Miradme Señora como a hija, enseñadme como a discípula, corregidme como a sierva y mandadme como a una esclava".

Se nos enseña claramente que la imitación de las virtudes de María es camino y cumbre de la santidad cristiana. Dejemos a la Virgen Nuestra Señora la última palabra tal como la recoge con unción la Venerable Ágreda: "La doctrina evangélica ha de ser tu lucerna encendida en el corazón, y mi vida tu ejemplar y dechado que sirva para formar la tuya, en lo poco y en lo mucho, en lo grande y en lo pequeño".


Revista 656