por Andrés Molina Prieto, pbro.
Aunque son escasos los datos históricos sobre los comienzos de la Orden de los Siervos de María, la fundación se atribuye con fundamento a siete piadosos comerciantes de la inquieta Florencia, quienes a mediados del siglo XIII subieron al Monte Senario, a pocos kilómetros de la ciudad, para dedicarse a la vida contemplativa. Esto ocurrió precisamente el año1245. El más conocido de los siete varones florentinos es san Alejo Falconieri, fallecido en 1310. Estamos ante un hecho singular: un grupo de siete mercaderes florentinos que forman una constelación de santos y cuyos corazones se funden en un ideal único de servir a Nuestra Señora.
El fraile cronista que recoge casi el pálpito natalicio de la Orden relata así los orígenes: "Hubo siete hombres de tanta perfección que Nuestra Señora estimó cosa digna de dar origen a su Orden por medio de ellos. No encontré que ninguno sobreviviera cuando ingresé a excepción de fray Alejo. Como yo mismo pude comprobar, era tal que conmovía con su ejemplo". Éste es quizá el único caso que se da de culto colectivo a varios santos confesores. La misma Liturgia, en el Oficio divino y en la Misa, se ve forzada a modificar sus esquemas habituales para adaptarlos a una fiesta singular. Estos siete devotos de la Virgen, anteriormente miembros de una compañía seglar de los Siervos de Santa María, ligados entre sí por el ideal evangélico de comunión fraterna y de servicio a los pobres, comenzaron a llevar vida de penitentes y, tras una breve estancia en las afueras de Florencia, se trasladaron al Monte Senario.
Su compromiso de pobreza fue radical y, manteniendo el nombre de Siervos de Santa María, se vistieron con hábito de "paño pardo", según la leyenda escrita por el Prior General, Pedro de Todi. Con este gesto daban "clara señal de humildad y de los dolores que la bienaventurada Virgen María sufrió en la Pasión de su Hijo". La canonización definitiva, pero tardía, en 1888, de los Siete Fundadores Servitas confirmó sus nombres transmitidos en dos listas diferentes. Hoy un solo sepulcro alberga a quienes estuvieron tan unidos por un ideal mariano en su vida terrena. Veneraron a la Virgen con el título de Abogada Medianera a la luz de los dos misterios fundamentales de la Encarnación y de la Redención. ¡Qué hermosa lección dieron a la Iglesia medieval estos siete mercaderes, amantísimos de Nuestra Señora contemplada por ellos en los dolores incruentos de la Pasión de su Hijo!
Escuchemos al fervoroso cronista: "Teniendo su propia imperfección, pensaron rectamente ponerse a sí mismos y a sus propios corazones, con toda devoción, a los pies de la Reina del cielo, la Virgen María, a fin de que, como Mediadora y Abogada les reconciliara y les recomendara a su Hijo, y supliendo con su purísima caridad sus propias imperfecciones, impetrase misericordiosamente para ellos la fecundidad de los méritos. Por eso, para honor de Dios, poniéndose al servicio de la Virgen Madre, quisieron desde entonces ser llamados Siervos de María".