por el P. José Mª Alba Cereceda S.J.
Noviembre es el mes destinado especialmente por la Iglesia para
orar por las almas del Purgatorio. La misma Iglesia nos da ejemplo de ello
permitiendo a los sacerdotes celebrar el día destinado a la conmemoración de
los fieles difuntos tres misas en sufragio de sus almas. En nuestro tiempo de
flojedad en la fe ha disminuido consiguientemente la piedad de los cristianos
con las almas del Purgatorio.
La fe nos enseña que los que han muerto en la amistad de Dios y en gracia de
Dios pero que están imperfectamente purificados en esta vida, sufren después
de la muerte una purificación que les permite alcanzar la santidad necesaria
para entrar en la gloria. El cielo es la patria de los santos, y si en la vida
de la tierra no hemos alcanzado la santidad a la que hemos sido llamados, Dios
nuestro Señor nos ofrece, en su infinita misericordia, la purificación para
después de nuestra muerte. Ese estado de purificación es el que la Iglesia
desde siempre ha llamado Purgatorio, y es una verdadera escuela de amor en la
que se alcanza la santidad para así entrar en las alegrías eternas del cielo.
La Iglesia recomienda insistentemente los sufragios por las almas de los fieles
difuntos, que son las obras de misericordia y de penitencia, lucrar indulgencias
en su favor, oraciones y, sobre todo, el santo sacrificio de la Misa. Esto es
muy importante, pues fácilmente se piensa que una vez cumplidos con los
enfermos y agonizantes todos los deberes de caridad, con gastos, medicinas,
noches pasadas en vela... etc., pero muertos al fin porque la ciencia médica no
ha podido vencer la enfermedad, ya nada más se puede hacer por los difuntos y
pronto sus almas caen en el olvido. Funesto error que no ha de ser el de los
cristianos. Al contrario, es necesario que la fe en el Purgatorio esté viva
para empujarnos a hacer todo lo que podamos con nuestros sufragios a favor de
nuestros hermanos difuntos. No hacerlo es señal de una débil caridad, hija de
una débil fe.
Es emocionante leer las palabras que nos transmitió san Agustín de su madre,
santa Mónica, en el libro de sus Confesiones: "Enterrad este cuerpo en
cualquier parte; no os preocupe más su cuidado. Solamente os ruego que donde
quiera que os hallareis os acordéis de mí ante el altar del Señor".
Que estas palabras de santa Mónica a sus dos hijos, antes de morir, nos
espoleen a cumplir nuestros deberes de caridad, todos los días, con los fieles
difuntos con los que nos unieron vínculos de caridad, y también en general con
las benditas almas del Purgatorio por las que nadie ruega.