La Iglesia hoy más que nunca necesita y pide a gritos con
la voz de su supremo Pastor, el Papa, un ejército de almas buenas. Y no
solamente la Iglesia, el mundo entero está pidiendo a gritos este ejército.
¿Qué significa ser alma buena? ¿Qué disposiciones hay que tener para
ingresar en el ejército de las almas buenas? Pues lo vamos a definir en una
sola frase, para que sea más sencillo: es alma buena aquella que no niega nada
a Dios. Y es que a enfermedades extremas hay que aplicar curas extremas, y los
males del mundo hoy día solamente se curan con remedios extraordinarios. No
negar nada a Dios significa que el alma tiene que tener siempre en los labios
aquella afirmación divina de Cristo nuestro Señor: "Yo hago siempre lo
que le agrada a mi Padre". Dormir, comer, hablar, trabajar, sufrir, querer
y gozar..., todo esto tiene que ir medido por el rasero de la voluntad de Dios
en todo momento. Nada hay que temer, porque el Señor va el primero. Él es el
Buen Pastor que da la vida por sus ovejas.
Así pensaba François, el protagonista de nuestra historia de hoy. ¡Hay tanta
gente buena por el mundo, que no se atreve a negar nada a Dios! Pero vive en el
anonimato del amor, ese amor verdadero que jamás hace ruido, si acaso un ligero
murmullo que lo sabe apreciar el que tiene oídos para oír.
La vieja Marie entró en la casa y, como de costumbre, tropezó con la
alacena, pero esta vez tenía excusa. Le habían dicho que el párroco estaba
agonizando. Llevaba ya quince años en aquella pequeña aldea de la Bretaña.
Cuando llegó al pueblo, ya avanzado en edad, todos murmuraron como solían:
"Nos han mandado otra vez un cura viejo. ¡Cuándo nos tocará en suerte
uno joven!". Y por eso lo habían recibido con cierto desdén. Aunque aquel
pastor de almas, algo entrado en edad, tenía el rostro arrugado y viejo,
poseía un corazón vigoroso y joven. Ahora, en sus últimas horas, la mayoría
lo empezaba a añorar. La vieja Marie, la sacristana de la aldea, lo miraba con
lágrimas en los ojos. "¡Está seco... enjuto! Dios mío, y cómo respira.
Sin duda alguna agoniza. A tantos ha ayudado a bien morir y ahora él... solo.
Bueno, solo, no, que Dios lo quiere mucho... y su Madre. ¡Cuánto lo debe
querer su Santa Madre!" No cesaba de musitar palabras la vieja Marie, ni de
llorar.
De nuevo se abrió la puerta.
-¡Santo Dios! Menos mal que ha venido usted. Mire a nuestro párroco. Se va a
morir y está solo. Déle el consuelo de Dios.
Era su compañero de parroquia. Juntos llevaban siete pueblos. Don Antonio
confesó y dio la Unción de Enfermos a don François y pareció que éste
recobraba un poco sus fuerzas.
-Don Antonio...
-Diga usted.
-He tenido noticias de que Pierre se halla muy enfermo.
-¿Agoniza?
-Sí. Tenga la bondad de ir a verle y recuérdele que muchas veces me prometió
en la vida que a lo menos en la muerte volvería a Dios... Que cumpla su
palabra... Y que Dios mueva su corazón.
Don Antonio no perdió el tiempo. Tomó sus óleos y marchó hacia la casa de
Pierre. Don François quedó en su lecho de dolor rezando por esa oveja perdida.
No había acabado el Rosario cuando volvió a abrirse la puerta. Era don
Antonio. Don François volvió su rostro con un hálito de esperanza.
-Se ha negado rotundamente. Me ha dicho que le prometió confesarse a usted, no
a mí... Y me arrojó de su lado con cínico desdén.
El celoso párroco quedó aplastado en su lecho. Levantó su mirada hacia una
imagen del Corazón de Jesús que tenía cabe sí y musitó una oración.
Después, como animado por una súbita inspiración, gritó con autoridad:
-¡Que me traigan unas parihuelas!
-Pero, ¡don François!
Y en medio de la noche, alumbrado por una linterna vacilante, el moribundo
sacerdote fue cruzando una y otra calle en busca de la oveja perdida. Con
fuertes golpes llamaron a la casa de Pierre.
-¿Qué es esto? Otro moribundo... Ya tenemos bastante por esta noche, gimió la
mujer de Pierre en medio de su llanto.
-Entrad sin miedo, dijo el párroco.
Entraron y colocaron la camilla en la habitación de Pierre, junto a su cama.
Pierre se incorporó y vio el rostro del sacerdote, pálido y seco. Respiraba
con dificultad. Como él.
-¡Don François! -tomó aliento- ¿Qué hacéis aquí?
-He venido a salvaros.
Los dejaron a solas. Al rato sonó una campanilla. Entraron en la habitación
los portantes de la camilla y la mujer de Pierre y vieron cómo se abrazaban
párroco y fiel. Se les caían las lágrimas.
Don François impartió la bendición a cuantos estaban en la sala y cayó
rendido sobre su lecho.
-Hasta luego... Hasta el cielo, Pierre.
Pierre no pudo despedirse. Su mujer besó la mano de su párroco y, con una
manta, lo cubrió de pies a cabeza. Salieron en silencio. Caminaban despacio por
las calles de la aldea con poca luz en la noche silenciosa. No se oían más que
los pasos de los portadores sobre los guijarros del camino, y en los sotos el
viento que hacía estremecer las hojas de los árboles.
Ya en casa de don François, cuando descubrieron la camilla el rostro del
sacerdote estaba más pálido que antes, estaba inmóvil... Su alma había
volado...