El famoso marxista S. Bulgakov narra en sus “Apuntes biográficos”
los primeros toques de su conversión al cristianismo con motivo
de la contemplación de un cuadro de la Virgen. Relata que se encontraba
en Dresde en 1898 y quiso observar de cerca la Madonna Sixtina de Rafael.
La experiencia constituyó para él un tremendo impacto que
iba a trastornar todos sus esquemas ideológicos, originando la llamada
de la fe y poniendo en marcha el proceso de su acercamiento a la fe cristiana.
Relata así su desconcertante impresión: “Allí,
los ojos de la Reina de los cielos, que sube al paraíso con su divino
Hijo, me estaban mirando. Había en aquellos ojos una fuerza infinita
de pureza subyugadora y de inmolación voluntaria. Perdí los
sentidos, me giraba la cabeza. Y de mis ojos brotaban lágrimas dulces
y amargas al mismo tiempo, que hicieron derretirse el hielo de mi corazón.
Era como si de pronto se me desatara un nudo vital. No se trataba de una
turbación estética. No, era un encuentro, un nuevo conocimiento,
un verdadero milagro. Esta contemplación de aquel cuadro fue para
mí una conmovedora plegaria que jamás olvidaré”.
Más tarde, en 1923, al contacto con los bellísimos
y profundos iconos de su tierra natal descubrirá mejor la dignidad
y belleza de la Madre de Dios que le ofrecía, en síntesis
y tan de cerca, todo el misterio cristiano.
COMENTARIO BREVE. Toda la tradición iconográfica
occidental ha expresado con ricas variantes la belleza física de
María mientras que el oriente cristiano ha preferido representar
en sus deslumbrantes iconos su interioridad mística. Nuestra Señora
se vale de todos los medios para atraer a los alejados y presentarlos a
su divino Hijo. Bulgakov, como tantos otros, se aproximó a la fe
por el camino de la belleza estética. Frente al silencio bíblico
sobre la belleza física de la Madre de Jesús, algunos Padres
–como san Agustín– afirmaron que no conocemos el rostro de la Virgen
María. Pero otros Padres, por el contrario, han querido remediar
este silencio de los Evangelios enseñando en general que la belleza
convenía a María en cuanto que “la misma hermosura del cuerpo
–como exponía san Ambrosio– fue la imagen de su alma, una figura
externa de sus virtudes”.
Ciertamente podemos adivinar o intuir la belleza de nuestra bendita
Madre cuando oímos cantar a la Iglesia en su liturgia: “Toda hermosa
eres, María, y en ti no hay mancha alguna”. Pablo VI la describe
como “la mujer vestida de sol en la que los rayos purísimos de la
belleza humana se encuentran con los rayos sobrehumanos, pero accesibles,
de la belleza sobrenatural. La belleza insólita que lleva por nombre
María... es densa de misterio ya que es plenamente conocida tan
sólo por Dios, pero al mismo tiempo le dice mucho al hombre”.
En la medida en que seamos genuinos devotos de María participaremos
sin duda de esa belleza sobrenatural.