Mayo de 2000

A LA LUZ DEL SAGRARIO

MONS. FULTON SHEEN Y EL VALOR DE LA ORACIÓN

célebre obispo norteamericano mons. Fulton J. Sheen era entonces un joven y desconocido sacerdote que acababa de ser nombrado párroco de uno de los barrios más deteriorados de la ciudad de Washington.
Una calurosa tarde de junio se hallaba en el atrio de su iglesia cuando notó, de repente, un penetrante olor a perfume barato, más desagradable aún que el aire sofocante que respiraba. Se volvió sorprendido y vio a una joven que le miraba con descaro, mientras le decía:
-Alegre usted la cara, hombre, que no vengo para nada relacionado con la religión. Mi madre está esperándome cerca de aquí y yo estaré un rato en la iglesia para que crea que me estoy confesando, como le he prometido, pero no pienso hacerlo.
-Hija mía... -empezó a decir el sacerdote.
-Llámeme Ágata, interrumpió la muchacha.
-No te he preguntado el nombre, pero ya que lo dices, sabe que viene del griego y que significa bueno.
-Bueno será el chasco del que me crea buena a mí -dijo ella riendo con insolencia, y añadió, recalcando bien las palabras y las sílabas-: Acabo de salir del reformatorio, re-for-ma-to-rio. Mi único deseo era salir de allí, y, como Dios no me lo concedía, aunque fui a pedírselo a la capilla, pues debía estar demasiado ocupado para atender a una pobre chica como yo, se lo pedí al demonio y me lo ha concedido.
El sacerdote quedó sobrecogido. La fe, extraviada monstruosamente, apartaba de Dios y conducía a Satanás.
-Pero el demonio no sirve de balde -insinuó el sacerdote para sondear a aquella desgraciada.
-Ni el demonio ni nadie, incluidos los curas -respondió vivamente la joven-. Pero le prometí hacer nueve comuniones sacrílegas maldiciendo de Dios y de toda la corte celestial interiormente, en cuanto recibiera la Hostia. A la octava me soltaron, y aquí estoy. ¿Qué dice usted a esto señor cura?
-Digo que Satanás hizo un gran negocio contigo, pues a cambio de eso que tú crees libertad, le diste tu alma.
-No se ponga usted tan trágico, que no es para tanto.
-Tienes razón, pues será él quien quede burlado. Tu alma aún no le pertenece definitivamente y, ¡bendito sea Dios!, estás a tiempo de salvarla.
-¿De dónde saca usted eso? -gritó ella con rabia.
-De lo que tú me has dicho, Ágata. ¿No es cierto que has venido aquí para complacer a tu madre? Pues esto prueba que, a pesar de todo, la quieres de veras, y el alma capaz de un afecto puro no está irremisiblemente perdida. Ven, pediremos a Dios que te perdone, y todo se desvanecerá como una pesadilla.
La joven respiraba anhelosamente, presa, al parecer, de emociones opuestas, y en sus brazos, agitados por un convulsivo temor, tintineaban las pulseras de metales baratos.
-Me voy -dijo, con voz crispada-. ¡Usted no me embauca a mí!
-Entra en la iglesia y reza -suplicó el sacerdote. Y cuando ella se alejaba por la calle, después de darle la espalda, añadió: -Volverás, hija, volverás esta misma noche.
Cuando la joven se perdió de vista, el sacerdote entró en la iglesia sumamente impresionado, pues en ciertos momentos de la conversación le había parecido sentir la presencia del espíritu maligno, y comprendía la parte de responsabilidad que a él le tocaba en aquel duelo a muerte entablado entre el Bien y el Mal en una pobre alma. Y vio que la oración y la caridad de sus prójimos podían atraer las gracias de luz y de perdón sobre aquella desgraciada.
Aquella tarde a cuantos se confesaban les hacía la misma recomendación y les indicaba la misma intención en la penitencia.
A medida que el tiempo avanzaba se iban ocupando los bancos por personas de diferentes edades y condiciones, que, según acababan de confesarse, permanecían largo tiempo de rodillas orando con profundo recogimiento, sin saber que la que estaba a su lado pedía por la misma intención.
El sacerdote no se decidía a salir del confesionario y, a su vez, pedía también con todo fervor.
Sólo unos momentos faltaban para dar la señal de salida de los fieles y nadie parecía pensar en marcharse. La lucha debía ser terrible, pero, al fin venció la gracia, atraída por tantas y tan fervientes plegarias.
Unos pasos lentos y silenciosos que se iban acercando a su confesionario, indicaron al futuro obispo que el demonio huía vencido por la fe y la caridad de sus penitentes.
El apóstol moderno de la prensa, la radio y la televisión, que logró tan numerosas e importantes conversiones al catolicismo, recordaría, tal vez con más consuelo que ninguna otra, la de aquella pobre muchachita de un suburbio en la ciudad donde él ganó la primera gran batalla al Gran Tentador.



Revista 653