MONS. FULTON SHEEN Y EL VALOR DE LA ORACIÓN
célebre obispo norteamericano mons. Fulton J. Sheen era
entonces un joven y desconocido sacerdote que acababa de ser nombrado párroco
de uno de los barrios más deteriorados de la ciudad de Washington.
Una calurosa tarde de junio se hallaba en el atrio de su iglesia cuando notó,
de repente, un penetrante olor a perfume barato, más desagradable aún que el
aire sofocante que respiraba. Se volvió sorprendido y vio a una joven que le
miraba con descaro, mientras le decía:
-Alegre usted la cara, hombre, que no vengo para nada relacionado con la
religión. Mi madre está esperándome cerca de aquí y yo estaré un rato en la
iglesia para que crea que me estoy confesando, como le he prometido, pero no
pienso hacerlo.
-Hija mía... -empezó a decir el sacerdote.
-Llámeme Ágata, interrumpió la muchacha.
-No te he preguntado el nombre, pero ya que lo dices, sabe que viene del griego
y que significa bueno.
-Bueno será el chasco del que me crea buena a mí -dijo ella riendo con
insolencia, y añadió, recalcando bien las palabras y las sílabas-: Acabo de
salir del reformatorio, re-for-ma-to-rio. Mi único deseo era salir de allí, y,
como Dios no me lo concedía, aunque fui a pedírselo a la capilla, pues debía
estar demasiado ocupado para atender a una pobre chica como yo, se lo pedí al
demonio y me lo ha concedido.
El sacerdote quedó sobrecogido. La fe, extraviada monstruosamente, apartaba de
Dios y conducía a Satanás.
-Pero el demonio no sirve de balde -insinuó el sacerdote para sondear a aquella
desgraciada.
-Ni el demonio ni nadie, incluidos los curas -respondió vivamente la joven-.
Pero le prometí hacer nueve comuniones sacrílegas maldiciendo de Dios y de
toda la corte celestial interiormente, en cuanto recibiera la Hostia. A la
octava me soltaron, y aquí estoy. ¿Qué dice usted a esto señor cura?
-Digo que Satanás hizo un gran negocio contigo, pues a cambio de eso que tú
crees libertad, le diste tu alma.
-No se ponga usted tan trágico, que no es para tanto.
-Tienes razón, pues será él quien quede burlado. Tu alma aún no le pertenece
definitivamente y, ¡bendito sea Dios!, estás a tiempo de salvarla.
-¿De dónde saca usted eso? -gritó ella con rabia.
-De lo que tú me has dicho, Ágata. ¿No es cierto que has venido aquí para
complacer a tu madre? Pues esto prueba que, a pesar de todo, la quieres de
veras, y el alma capaz de un afecto puro no está irremisiblemente perdida. Ven,
pediremos a Dios que te perdone, y todo se desvanecerá como una pesadilla.
La joven respiraba anhelosamente, presa, al parecer, de emociones opuestas, y en
sus brazos, agitados por un convulsivo temor, tintineaban las pulseras de
metales baratos.
-Me voy -dijo, con voz crispada-. ¡Usted no me embauca a mí!
-Entra en la iglesia y reza -suplicó el sacerdote. Y cuando ella se alejaba por
la calle, después de darle la espalda, añadió: -Volverás, hija, volverás
esta misma noche.
Cuando la joven se perdió de vista, el sacerdote entró en la iglesia sumamente
impresionado, pues en ciertos momentos de la conversación le había parecido
sentir la presencia del espíritu maligno, y comprendía la parte de
responsabilidad que a él le tocaba en aquel duelo a muerte entablado entre el
Bien y el Mal en una pobre alma. Y vio que la oración y la caridad de sus
prójimos podían atraer las gracias de luz y de perdón sobre aquella
desgraciada.
Aquella tarde a cuantos se confesaban les hacía la misma recomendación y les
indicaba la misma intención en la penitencia.
A medida que el tiempo avanzaba se iban ocupando los bancos por personas de
diferentes edades y condiciones, que, según acababan de confesarse,
permanecían largo tiempo de rodillas orando con profundo recogimiento, sin
saber que la que estaba a su lado pedía por la misma intención.
El sacerdote no se decidía a salir del confesionario y, a su vez, pedía
también con todo fervor.
Sólo unos momentos faltaban para dar la señal de salida de los fieles y nadie
parecía pensar en marcharse. La lucha debía ser terrible, pero, al fin venció
la gracia, atraída por tantas y tan fervientes plegarias.
Unos pasos lentos y silenciosos que se iban acercando a su confesionario,
indicaron al futuro obispo que el demonio huía vencido por la fe y la caridad
de sus penitentes.
El apóstol moderno de la prensa, la radio y la televisión, que logró tan
numerosas e importantes conversiones al catolicismo, recordaría, tal vez con
más consuelo que ninguna otra, la de aquella pobre muchachita de un suburbio en
la ciudad donde él ganó la primera gran batalla al Gran Tentador.